El monarca ideal es sabio, diplomático, de pensamiento avanzado, un mecenas de las artes y las culturas y un bastión de la defensa del reino. Pocos viven de acuerdo con este ideal. Tamara, gobernante de Georgia en su edad de oro, alcanzó este estándar, incluso a juicio de sus enemigos.
Tamara nació alrededor del año 1160 (las fechas de su nacimiento varían según la fuente), fruto del rey Jorge III –de la antigua y venerable dinastía Bagrationi de Georgia (que decía descender del linaje de David, el rey bíblico de Israel)– y de Burdukhan, la hija del rey de Alania. Poco se sabe de sus primeros años de vida.
La sucesión dinástica es un tema peliagudo en el mejor de los casos. Como mujer, Tamara se enfrentó a la fuerte oposición de los nobles de la corte, que preferían a su primo, el príncipe Demna. En el 1177 estalló una rebelión de los nobles partidarios de Demna, que fue aplastada, y en 1178 el padre de Tamara la proclamó heredera y cogobernante. Cuando Jorge III murió en 1184, Tamara subió al trono de una Georgia que distaba mucho de estar unificada.
Una serie de intrigas políticas muy complicada comportó que Tamara se viera obligada a aceptar el marido que los nobles habían elegido para ella: Yuri, príncipe de la Rus. Los dos se casaron en 1185. Yuri era un soldado bastante decente y condujo a las fuerzas georgianas a la victoria en combate, pero también era una persona grosera y desagradable, y sus embrollos en la política cortesana contribuyeron bien poco a que se granjeara el cariño de Tamara. Así que solicitó divorciarse de él por su embriaguez e inmoralidad, y la autoridad eclesiástica se lo concedió. Es difícil exagerar el logro que representaba esto, que la monarca dinástica de una nación cristiana ferviente pudiera divorciarse de su esposo y recibir de la iglesia y los obispos el visto bueno para volver a casarse.
Así comenzó el período que marcó la mayor expansión de Georgia. Los georgianos lucharon contra los sultanatos musulmanes vecinos, con la ayuda de generales excepcionales (incluido el nuevo consorte rey, David Soslan), y los conquistaron. Los reinos cercanos se convirtieron en vasallos y protectorados. Los nobles georgianos dejaron de intrigar para derrocar o restringir el poder de Tamara y se reunieron bajo el pendón de esta y combatieron a su lado. Los georgianos llegaron incluso a fundar el Imperio de Trebisonda y situarse entre las potencias de Oriente Medio.
El estatus de Tamara como reina casadera con un reino sólido la convirtió en el blanco frecuente de propuestas de matrimonio; y no resulta difícil imaginar que, después de vérselas con Yuri, descartara a la mayor parte de ellos. Una de las historias más famosas de Tamara nos cuenta que el sultán de Rum declaró la guerra a Georgia, diciendo que tendría a Tamara "como mujer musulmana o concubina cristiana". El diplomático enviado para entregar este mensaje recibió un puñetazo expeditivo en la cara de manos de un cortesano georgiano (es de suponer que con el consentimiento regio). Se había enviado un claro mensaje al sultán de Rum.
Se dice que Tamara, siempre piadosa, rezó en las cuevas y el monasterio de Vardzia y se dirigió a sus tropas desde los escalones de la iglesia. Inspirados por su devoción, los georgianos aplastaron a los invasores y enviaron al sultán de Rum por donde había venido, tal vez para que meditara sobre los fundamentos de la diplomacia.
Tamara fue una gran mecenas de las artes y la cultura. Reforzó el comercio y acuñó monedas que llevaban su monograma y sus títulos. Se codificaron leyes y se construyeron iglesias y catedrales. La cultura georgiana se desarrolló como una mezcla sincrética, fuerte y viva de cristianismo bizantino con ideas de inspiración persa.
Se dice que Tamara murió en 1213, pero se sigue desconociendo su tumba. Algunos dicen que la enterraron en secreto en algún monasterio, para evitar que profanaran su cuerpo. Otros afirman que sus restos se llevaron en peregrinación a Tierra Santa para enterrarlos cerca del Santo Sepulcro.
Tamara llegó al poder en un reino dividido y, al morir, lo dejó más grande, más poderoso y más seguro de su identidad cultural. Fue canonizada como santa por la fe ortodoxa oriental y es un símbolo nacional para los georgianos incluso hoy en día. Ninguno de sus descendientes pudo igualar las gestas de la mayor monarca de Georgia.