Solimán el Magnífico fue el sultán otomano más importante de la historia por sus aportaciones a las leyes, la cultura y la guerra. Durante su reinado, considerado la edad de oro del Imperio otomano, conquistó Persia y territorios europeos, a la vez que se reformaron leyes y la cultura entraba en una época de prosperidad excepcional y construcción de monumentos. Fue un gran gobernante que sabía rodearse de consejeros y eruditos especializados en distintas materias.
Fue el único hijo del sultán Selim I, que también fue un gran conquistador. Solimán heredó el trono en 1520, e inmediatamente comenzó su campaña contra los reinos europeos. Conquistó Belgrado y el fuerte del Gran Maestro de los Caballeros de Rodas, pero seguramente su victoria más importante sea la de la batalla de Mohács, en la que sus jenízaros y sus unidades de artillería aniquilaron a los húngaros y los hundieron en una profunda época de declive. Durante sus campañas en Occidente consiguió sitiar Viena, pero no la conquistó. Europa Central se convirtió en una zona de conflicto constantemente amenazada por la presencia del Imperio otomano, desde la península balcánica hasta Polonia.
En el curso de tres campañas que duraron más de veinte años contra los persas safávidas, los otomanos se hicieron con la mayor parte de territorios de Mesopotamia, incluido el mayor botín de todos: Bagdad. Las fuerzas navales otomanas, lideradas por almirantes muy competentes, consiguieron controlar todo el Mediterráneo oriental (excepto Malta, que estaba protegida por la Orden de San Juan), y los piratas berberiscos causaron auténticos estragos a lo largo de la costa sur de Europa.
Solimán supo rodearse de un grupo de magníficos consejeros, entre los cuales destacaba su gran visir, Pasha Ibrahim, que fue criado desde pequeño como esclavo de Solimán pero acabó siendo la persona más importante del imperio tras el sultán. Roxelana, su esposa, también ejercía de consejera y de diplomática, además de encargarse de las intrigas palaciegas de Topkapi. El arquitecto Mimar Sinan supervisó la construcción de las majestuosas mezquitas de Solimán y Selim (además de cientos de edificios monumentales), y es el culpable en gran parte de la nueva arquitectura islámica que se fusionó con el estilo bizantino. El imperio contaba con innumerables visires de menor importancia, asesores militares, almirantes y estudiosos que contribuyeron a hacer aún más grande el reinado de Solimán.
Su apodo, el "Legislador", hace referencia a sus esfuerzos por reformar la administración del estado. Junto a un jurista de la escuela hanafí, Ebusuud Efendi, codificó las leyes seculares otomanas para que fueran similares a otros sistemas islámicos de jurisprudencia. El resultado fue la creación de un imperio otomano que, en comparación con algunos de los estados cristianos de la región, era bastante tolerante con las creencias religiosas de sus ciudadanos. Existen testimonios de sefardíes y judíos que huyeron de otros reinos de Europa para vivir bajo la relativa tolerancia religiosa de los otomanos.
Los artesanos y los artistas recibían un reconocimiento especial del estado. El propio Solimán escribía poesía en persa bajo un pseudónimo (y era bastante bueno) y construyó escuelas para enseñar religión y filosofía. A lo largo de su imperio, los edificios religiosos y los santuarios recibieron una atención especial, incluida la Cúpula de la Roca de Jerusalén y la Kaaba de La Meca.
En la época de Solimán, los otomanos pudieron establecer alianzas con distintas potencias europeas (siendo Francia la más importante de ellas) gracias a su habilidad para influir en el desarrollo de los acontecimientos en Europa central. Muchos de los movimientos políticos de los estados europeos de la época estuvieron condicionadas por el auge económico, militar y cultural del Imperio otomano.
El fin del reinado de Solimán, al igual que su sucesión, fue bastante turbulento. El sultán mandó ejecutar a Pasha Ibrahim, su consejero de confianza, por conspiración. Su hijo Mustafá fue sentenciado a muerte por intentar hacerse con el poder y sus otros dos hijos iniciaron una guerra de sucesión antes de que muriera su padre (conflicto que perdió Bayezid, y tras el que fue ejecutado). Solimán murió en una campaña militar en Hungría.
El Imperio otomano jamás volvió a vivir una época tan gloriosa. Los futuros sultanes se preocuparían sobre todo por las intrigas de palacio, dejando la administración del imperio en manos de sus consejeros y beyes, quienes tenían intereses encontrados. No hubo ningún otro sultán capaz de unir a tantos subordinados poderosos bajo una misma causa, ni ninguno que conquistara tantas tierras como él. Fue un líder único en muchos aspectos, ya que alcanzó la excelencia en muchos campos y animó a sus subordinados a que hicieran lo mismo en sus propias disciplinas.