Las sociedades secretas de los siglos XVIII y XIX siempre tuvieron una base recóndita, un lugar donde los miembros pudieran reunirse con túnicas y máscaras para realizar ceremonias clandestinas (o, más probablemente, ponerse sombreros ridículos para beber cerveza aguada). Ahí, alrededor de una mesa suntuosa, supuestamente se decidió qué países ascendían o caían y quiénes cogían las riendas del poder. Esta es una imagen basada en la cultura popular, pero ciertas sociedades jugaron (y siguen jugando) con esos tropos por pura diversión o para expandir su propia mística. Las sociedades secretas de Yale, por ejemplo, todavía se reúnen en bóvedas recargadas de ambientación oriental para lo que, a ojos ajenos, parecerían reuniones que deciden el destino del mundo (pero lo más probable, de nuevo, es que se pongan sombreros ridículos para beber cerveza aguada). En estas "bóvedas de oro" se intercambian con toda libertad dinero y poder, títulos nobiliarios y cargos. O, al menos, eso dicen.