Los corsarios berberiscos fueron los piratas más famosos y temidos del Mediterráneo durante el Renacimiento y el comienzo de la Edad Contemporánea. Recibían financiación y autorización del Imperio otomano, del mismo modo que los estados de Europa Occidental usaban buques corsarios. A medida que se intensificaba el conflicto entre el Imperio otomano y Europa occidental, las incursiones por parte de los corsarios se hicieron más frecuentes. En el apogeo del imperio, la visión de una esbelta galera corsaria (o peor: una flota entera) acercándose era suficiente para aterrorizar hasta a los capitanes más valientes.
La piratería era una práctica que venía de antiguo en el mar Mediterráneo, casi desde que existen registros históricos. Los corsarios berberiscos, que realizaban incursiones a lo largo de toda la costa europea, fueron uno de los últimos grupos en practicarla. Operaban desde puertos fortificados de la costa berberisca, como Argel o Túnez, y capturaban barcos para pedir rescates por los miembros de su tripulación; a los pobres desgraciados que no podían pagar, los esclavizaban. La literatura de la época está repleta de relatos de esclavos que escapaban de las galeras, e incluso surgió un negocio caritativo para liberar a los prisioneros. Aun así, a algunos europeos les seducía la idea de poder y riquezas, por lo que se alistaban de forma voluntaria en las tripulaciones piratas y llegaban incluso a servir como oficiales.
A finales del siglo XVII y comienzos del XVIII, las naciones de Europa se unieron en una campaña sistemática para eliminar la amenaza de los corsarios otomanos, e incluso contaron con la participación de los recién fundados Estados Unidos (la costa de Trípoli que se menciona en el himno de la marina estadounidense hace referencia a una misión contra los piratas berberiscos).