La reacción inicial de todas las generaciones a cada forma nueva de arte cultural consiste en que la generación anterior declare, con asombro y terror, que una nueva forma de arte está corrompiendo la moral pública y causando el fin estrepitoso de todo lo que merece la pena. Por ello, y en nombre del bien público, la vieja generación manifiesta que la nueva forma de arte debe prohibirse. Las luchas intergeneracionales por la cultura podrían ser de esas experiencias humanas universales además de la muerte, los impuestos y la guerra. La música rock, durante el auge que vivió en el siglo XX, ya recibió su amplia ración de críticas. La tensión existente entre los jóvenes amantes de la diversión y la música y los ancianos más cascarrabias ya se ha convertido en un tropo occidental, y todos los intentos de prohibir la música parecen condenados a fracasar o a incentivar el interés por la fruta prohibida. Estas medidas casi siempre acaban en fracasos estrepitosos, ya sean leyes para prohibir la venta de música occidental en el bloque comunista o prohibiciones conservadoras por parte de Occidente para evitar hasta las más indirectas referencias a los besuqueos.