La alquimia y la química, la magia y la ciencia no están tan alejadas como podría parecer en un principio. Para los antropólogos de la magia (como Marcel Mauss), cada una busca manipular el mundo para producir un efecto. En el caso de la alquimia y la química, ambas implican la transformación de una sustancia en otra, una transformación que a los que la observaban en la Edad Media les parecía como si uno estuviera cambiando su esencia. Para los alquimistas medievales, el potencial que tenía este cambio era espectacular: uno podía convertir el plomo en oro o transformar un cuerpo viejo en uno joven. Si bien la Sociedad de Alquimia que aquí aparece se basa en la tradición europea medieval y renacentista, otros lugares del mundo (como China, India y muchos más) desarrollaron sus propias tradiciones y prácticas alquímicas.
En la Edad Media, la ciencia islámica se extendió por toda la Europa medieval, ya que los eruditos musulmanes conservaron los textos latinos, desarrollaron sus propias universidades e instituciones de aprendizaje y aportaron ideas de Asia. Para los europeos, estos nuevos cuerpos de conocimiento presentaron una vertiginosa variedad de idiomas, propuestas, ideas y posibilidades: científicas, políticas, religiosas y, por supuesto, mágicas. Con este último fin, los europeos crearon sociedades para poner en práctica lo que estaban leyendo y encontrar la clave del universo (o, al menos, eso esperaban). La alquimia se centró en comprender las antiguas verdades que contenían estos textos. Por dicha razón, a medida que las escuelas científicas de los siglos XVIII y XIX se centraban en la experimentación en lugar de en la traducción y en el conocimiento nuevo en lugar de en el antiguo, se fue más allá de las sociedades alquímicas, que quedaron fuera de las corrientes principales del pensamiento occidental.